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Diferentes especulaciones alrededor del I Ching

El I Ching es un texto sapiencial y oracular. Su sabiduría proviene de las observaciones obtenidas por “sabios y santos” de la antigüedad, es decir, por personas que contemplaron, observaron, los ciclos de la tierra, del Cielo, además del comportamiento animal y humano. A partir de ahí obtuvieron deducciones que maximalizaron y atribuyeron a todo aquello captable para los sentidos, especialmente para la vida del hombre en la tierra.
Como oráculo, el Libro, simplemente guía al consultante sobre cuál es el mejor camino a seguir en cada momento, en función del estado de conciencia en que se encuentre y del buen o mal momento temporal macro y microcósmico, augurándole ventura, desventura u otras aseveraciones. Pero el I Ching no adivina el futuro, básicamente porque este no está escrito, y porque se puede llegar a cambiar, en función de que se modifique uno o más de los tres parámetros ya repetidos a lo largo de estos artículos: el estado de cósmico.
Confucio, un sabio filósofo pragmático, conservador, ritualista y jerárquico, conociendo la naturaleza de las cosas, y especialmente del ser humano, dispuso a través de las “Imágenes” los consejos adecuados a seguir en cada caso y en función de la situación en la que uno o algo se encontrará. Expuso vías claras y directas de actuación, sin ambigüedades, y muy vinculadas a la praxis.
Dicho esto, leo con frecuencia artículos o comentarios sobre el Libro de las Mutaciones tratando de vincularlo con diferentes elementos del imaginario esotérico, – y no porque lo esotérico carezca de valor, todo lo contrario, el esoterismo es una tradición ancestral de búsqueda de conocimiento profundo sobre temas de diversa índole, el problema surge cuando se devalúa y aparece el “todo vale”- . Por lo tanto, y asumiendo que la tontería da mucho de sí, se pueden llegar a conectar los hexagramas del I Ching con las hadas madrinas del bosque, los animales de Laponia o con los productos de la huerta valenciana. Y hay quien, dotado de una mente altamente especulativa y poco rigurosa, se empeña en establecer vínculos aparentemente sorprendentes que no dejan de ser más que mero artificio mental. Incido en ello porque me parece un Libro de tan alta categoría sapiencial y oracular que tanta necedad no hace más que diluir y desinteresar al profano en la materia al hacer aparecer esta obra como un compendio de futilidades banas.
Si algo tiene el I Ching es dosis elevadas de realismo y pragmatismo, provenientes eso sí, de un conocimiento profundo y esotérico sobre la humanidad, el universo y sus ciclos.


Damián Ruiz

La idea de Dios en el I Ching

Sobre la cuestión de Dios se ha teorizado a lo largo de la historia, sobre su existencia, sobre su esencia o su capacidad de intervención en nuestras vidas.
Afortunadamente la ciencia ha pasado de combatir a Dios, y de dicotomizar entre razón y fe, manteniendo la imposibilidad de compatibilizar ambas posiciones vitales, a tratar de entender ese fenómeno permanente de lo divino en la humanidad, algo de lo que es imposible escapar pues, parece ser es intrínseco a la naturaleza humana.
En el I Ching, versión de Richard Wilhelm, encontramos unas líneas que nos hablan de la naturaleza espiritual del ser humano (1), y en otro apartado aparece un pequeño párrafo que nos encomienda a “orar y pedir ayuda a Dios” (2) hasta que las circunstancias sean más favorables.
Por otra parte hay que decir que no hay tradición cultural, en su vertiente espiritual o religiosa, que no conceda a la deidad o deidades, la condición suprema hacia la que debe revertir, y sobre la que ejemplificarse, todo acto humano que pretenda evolucionar en la dirección correcta.
Pero el maestro Borges, en el poema (3) que escribe como prólogo a la ya citada versión de Wilhelm, y en su traducción española, muy sabiamente, de forma excepcional resume la concepción que tiene el Libro de las Mutaciones de Dios, exactamente cuando dice: “pero en las grietas está Dios que acecha”.
En uno de los numerosos Seminarios impartidos, pregunté a los participantes qué consideraban que podían ser esas grietas, y más aún, por qué Dios acechaba, curioso ese término. En palabras de Borges esa palabra tiene un sentido concreto, ¿Qué “entendió” Borges del magistral libro para llegar a utilizar ese término, por una parte misterioso y por otra tan certero?
Perdonen que haga un salto, que entenderán no es inocente. En “The Times”, apareció un artículo, del que posteriormente se hizo eco la prensa española bajo el título “Dios está en los genes”, que yo creí, en un primer momento se refería, su contenido, a la “posibilidad de Dios” (idea que comentaré más adelante) pero para mi sorpresa el autor, tanto del artículo como del libro al que se señalaba, hablaba de que esa necesidad de religión y espiritualidad del hombre, parecía estar grabada en algún lugar del genoma humano. Y por tanto sería una tendencia natural de la humanidad la creencia en uno o varios dioses y, por ende, todas las prácticas que ello conlleva para acercarse a él o a ellos.
Esa idea o descubrimiento no me parecía especialmente estimulante, por más cierta que fuera, ya que nos convertía a los humanos en simples reactivos que buscan “lo superior” y, por tanto, ese aspecto nos ayudaría a evolucionar como especie, debido a que iba incluido en nuestro software genético.
Ahora volvamos de nuevo al concepto “acecha”, y a la naturaleza espiritual de las personas, y a la necesidad de orar, o practicar yoga (4), como dice el I Ching.
Analicemos: si algo “acecha” quiere decir que está escondido, y que en cualquier momento puede aparecer, ¿por dónde? Por las grietas, es decir por hendiduras (pequeñas aperturas en un lugar sólido). Pero además de aparecer, ¿Se le podría llamar, a Dios? ¿Aparecería por las grietas si se le llama, si se le invoca?
Fíjense que Borges no se refiere, en su síntesis poética del I Ching, a que Dios es una búsqueda natural, y muy común, en el ser humano, sino que Dios aparece solo como posibilidad. Es decir que no está a no ser que o bien “se presente” (concepto de la Gracia Divina en el cristianismo) o bien se le invoque (mediante diferentes métodos, muy comunes en todas las grandes tradiciones espirituales de la humanidad) y Él tenga a bien atravesar las grietas, aparecer, y transformar o transformarnos.
Aventurémonos, ¿no serán las grietas ese espacio que dejamos a la vida cuando nos alejamos del mundo, de lo mundano para conectar con ese magma maravilloso que emerge de las profundidades del inconsciente y que nos lleva hasta los primeros momentos de la creación, cuando luz y tinieblas se separaron, cuando el universo explosionó, y cuya energía superior, como las inferiores, quedaron grabadas en nuestra historia filogenética?
No, no me voy, tranquilos. Lo que quiero decir es: ¿No estará Dios en nuestros genes como posibilidad real, desconocida, y poco activada?
Cuando trabajamos los aspectos inferiores de nuestra naturaleza, y no a base de represión (que no sirve para nada más que para echar humo), sino a base de contenerla, gestionarla y canalizarla, nos vamos poniendo en contacto con los aspectos superiores de la existencia. Y aquellos afortunados que han conseguido que lo mundano solo les suene a ruido, esa evolución ya les pone en conexión con el Cielo, y quién lo descubre empieza a estar cerca de Dios.
Los místicos, como Teresa de Ávila o San Juan de la Cruz, y los sabios, como Borges, por ejemplo, se alejan de una realidad sensorial que conocen y conciben efímera, buscando la elevación a través de sus actos o de sus obras.
Me atrevería a afirmar, osado de mi, que Dios está ahí, en cada uno de nosotros, esperando que cese el ruido para poderlo empezar a sentir.


Damián Ruiz


(1)

(2) Nueve en el quinto puesto del hexagrama 47, La desazón, de la versión de Richard Wilhelm editada por edhasa.

(3) “.................................................... Puede haber una luz, una hendidura. El camino es fatal como la flecha. Pero en las grietas está Dios, que acecha. “ Jorge Luis Borges

(4)
¿Qué responde el I Ching cuando se le pregunta?

Al hacer una consulta al Libro, en forma de tirada de monedas, la respuesta que el I Ching nos ofrece es el producto de lo que podríamos llamar la triple concordancia, es decir la que sincroniza la cuestión con las leyes del Cielo, las de la esencia humana del consultante y las de los ciclos de la naturaleza. Para que una contestación sea venturosa es necesario que los tres aspectos armonicen en ese momento cronológico.
Pero si seguimos los principios taoístas todo está en permanente estado de cambio. Por lo tanto, ¿es posible variar el curso de una respuesta dada por el Libro? En muchas ocasiones sí, porque de lo que se trata es de modificar el estado de conciencia necesario para alcanzar esa respuesta positiva o bien para evitar la negativa, pero también con el transcurrir del tiempo las circunstancias macro o microcósmicas cambian y,  por lo tanto,  pueden convertirse en más o menos favorables a las cuestiones consultadas.
Eso significa que si los caminos están trazados en una determinada dirección no necesariamente tiene que cumplirse ese destino porque nosotros podemos, en muchas ocasiones, reconducir la trayectoria bien esperando el “tiempo” oportuno o bien elevando o despertando nuestro estado de conciencia.
Pongamos un ejemplo, si alguien realiza una pregunta y le aparece un seis en la primera línea del hexagrama 23 (La desintegración) de lo que nos está hablando (“Se allegan los hombres vulgares y comienzan subrepticiamente con su destructiva acción de intriga subterránea…”) * es de las dudas o conflictos interiores que pueden acabar mermando una idea, objetivo o proyecto. Pero al transmutar el hexagrama nos lleva hacia el hexagrama 27, Las comisuras de la boca, donde Confucio a través de la Imagen finaliza su recomendación con la siguiente frase, cito textual: “De este modo se cultiva el carácter”.  Por tanto, si cultivamos el carácter desaparecen las dudas, y si lo hacemos, el curso de una acción decadente puede transformarse en una regeneradora y positiva.
Insisto en la idea de que si todo está en permanente cambio, nuestro estado de conciencia también lo está, y es el más susceptible de ser modificado. En cambio las leyes de la naturaleza siguen ciclos cronológicos concretos basados fundamentalmente en las estaciones del año, mientras el cosmos y su influencia sobre lo terrenal y lo humano está sujeto a ciclos más complejos.
Para finalizar podemos decir que las respuestas que ofrece el I Ching al consultante se vinculan además de lo ya citado al principio del artículo, con la esencia del objeto de consulta y con el estado del consultante en ese momento.

* (pág.175, I Ching, Ed. Edhasa)

Damián Ruiz
Directorio de Empresas de Psicología
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